No sé si lo habéis observado pero vivimos sometidos a prisas arbitrarias y, generalmente, somos agentes replicadores, grandes antenas repetidoras de prisas.

El esquema básicamente funciona de la siguiente manera:

Nos meten prisa -> Metemos prisa -> Nos meten prisa -> Metemos prisa

Y así en una sucesión infinita a lo largo de nuestra jornada laboral.

Las prisas vienen de todos lados, no es terreno exclusivo de superiores o jefes. Vienen de compañeros de equipo, de proveedores y hasta de subordinados. Simplemente nos creemos que, porque trabajamos con prisas lo hacemos mejor, una creencia muy equivocada y muy arraigada.

Las prisas son la enfermedad del siglo. Una enfermedad corrosiva que nos hace funcionar saltando, a golpe de pito y con la producción de adrenalina a máximos, como si constantemente estuviera por comernos un león.

Este paisaje mental que habitamos no es de extrañar que desemboque en estrés, ansiedad o insomnio. Estamos en tensión permantente, constantemente estimulados para la lucha y para dar respuestas inmediatas y de huida. El estrés se vuelve, entonces, nuestro compañero crónico. Lo aceptamos y la gran mayoría de las veces no ponemos más que parches, pero pocas veces nos planteamos cambiar ese estado de cosas.

He sido víctima de la dictadura de las prisas y lo soy de a ratos, cuando bajo la guardia y me pillan desprevenida. He desarrollado un trastorno de ansiedad generalizado que no me dejaba ni dormir y como los parches no son lo mio, he ido al fondo del asunto. Te resumo en 3 sencillos puntos dónde están tus armas en esta batalla.

1. Deténte. Toma distancia. Piensa.

Parece fácil, pero nadie dejará que pienses o te detengas. Por eso le llamo dictadura, no hay espacio para nada más que correr. Tendrás que cambiar ese estado de cosas y pasa por que tú lo hagas, desde dentro, plantándote como el joven en la plaza de Tiananmén.
Las prisas no nos dejan pensar, nos convierten en seres reactivos que funcionamos con el piloto automático. Esto desemboca en que vivimos nuestra vida literalmente sin darnos cuenta. Se nos pasa, como una ráfaga y ya está. Esto es cero control de tu vida.

2. Si te hablan rápido, contesta lentamente

Si tratas de poner en práctica esta técnica verás lo difícil que es escapar de la vorágine de la prisa. Una vez se instala en un equipo, organización o empresa, todos corren por defecto aunque no sea siempre necesario.

3. Aprende a hacer pausas mindful

Las prisas son un torbellino que nos arrastra. Mientras estamos enfrascados dentro, no vemos nada de lo que pasa alrededor. Funcionamos en túnel, solo vemos nuestro objetivo perdiéndonos el proceso y el camino.

Las pausas mindful consisten en darle a tus pausas ordinarias un cable al presente. Se trata de que tu cigarrillo de la mañana sea mindful, que tu pipi sea mindful, que tu café con leche sea mindful.

Se trata de que no dejes que las prisas te roben esas experiencias inocuas y pequeñas, que las hagas tuyas, que las uses como salvavidas en el tsunami.

 

Recuerda que eres tu el único que puede poner freno y que, para ponertelo más dificil, nadie dejará que te detengas. Ni el subordinado, ni el jefe, ni el proveedor. No tenemos la cultura de la calma, no los culpes, simplemente creen que son más eficientes por ir rápido.

Carina Stinga

Visual Thinking Process

Profesora UOC | Mentora BCN Activa

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